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La nueva Copa

La Confederación Sudamericana de Fútbol dio a conocer parcialmente algunas modificaciones que se darían en sus torneos más importantes a nivel de clubes: la legendaria Copa Libertadores y el complemento de la Copa Sudamericana.

Lo que se confirmó es el nuevo calendario. La Libertadores volverá a ser anual. El apetito de los dirigentes de tener otro torneo para generar más dinero propio había asfixiado a la Libertadores que después sentía los rigores globales. Casi siempre un corte por los torneos de Junio (Copa del Mundo, Confederaciones, Copa América, etc) en la antesala de las semifinales. El 2017 irá desde febrero hasta noviembre. De las 26 semanas que tuvo la edición de este año, incluyendo las de la pausa por Eliminatorias en marzo y la Copa América Centenario en mayo y todo junio, se pasaría a 42 semanas. Una ganancia de 16 semanas para oxigenar el certamen continental y especialmente los torneos locales. “Por mucho tiempo los clubes han tenido que elegir entre el campeonato local y los torneos continentales, y eso afecta la calidad de ambas competencias” fue el razonamiento de Alejandro Domínguez, presidente de la Conmebol. En realidad se deterioraba el torneo local porque la prioridad siempre fue la Libertadores. La Divisional de nuestro fútbol estallaría de alegría ya que evitarían los lamentos por las postergaciones y actitudes incoherentes. La Sudamericana también gana tiempo ya que abandonará su arranque de agosto, para empezar en junio como un torneo propio sin esperar que se termine el show grande.

Además de la comodidad del tiempo, un torneo anual le da mayor peso al torneo. Al volverlo simultaneo –entre junio y noviembre- con la Sudamericana no hay posibilidad de que el mismo equipo competitivo dispute ambos torneos como puede ocurrir en la actualidad de acuerdo a un criterio arbitrario de cada federación. El ejemplo en estos momentos es Atlético Nacional que ganó la Libertadores y ya está en cuartos de final de la Sudamericana. Se establece una clara línea entre el torneo Premium y la supuesta otra parte de la gloria. Se salvaguarda la Recopa.

Se anunció también que diez equipos de la Libertadores que no pasen a octavos irán a la Sudamericana. Como ocurre con la transición Champions-Europa League. Ayuda a mantenerse en el ámbito regional durante un tiempo prolongado y puede darse casos como el de Sevilla. Habrá que observar el mecanismo ya que el mejor formato es de ocho grupos de cuatro. Techo de 40 participantes con 16 en repechaje y 24 esperando en fase de grupos. Tal vez los ocho terceros y los dos mejores últimos ya que el número mágico es diez.

El impacto del libro de pases de Europa y otros mercados emergentes (Asia y Oriente Medio) sería menor en el torneo. No es lo mismo “sacar” jugadores del semifinalista como venía ocurriendo que hacerlo con el octavofinalista (?) de acuerdo a la proyección de un torneo más espaciado. En caso de una sangría, también le da tiempo para que los refuerzos coperos se puedan ensamblar y llegar embalado a las instancias decisivas. Para eso, deberá haber uniformidad o similitud de plazos en los libros de pase especialmente apuntando a Brasil. Consagrarse en noviembre permitiría ir al Mundial de Clubes con el mismo plantel, algo que no ocurre con ningún campeón de América en estos momentos.

El otro gran cambio, que no aparece en el comunicado, es una apuesta de Domínguez: la final única en la Libertadores. “Justicia deportiva exige final única en campo neutral” tuiteaba el mandamás continental y se basaba en que de las últimas diez finales, siete las ganó el que definió de local. Pudo ser más contundente: las últimas siete finales las ganaron los locales en la vuelta. Teniendo en cuenta que el formato de la Libertadores premia el buen desempeño en la fase de grupos, no existe injusticia allí. La verdadera injusticia es que saquen la plusvalía del gol de visitante –elemento existente en el resto del torneo- o cometer lo del 2015. Sacarle la localía bien ganada a Tigres solo porque era un “invitado”. Eso fue discriminación deportiva.

Una final única en sede neutral sería cambiar el paradigma de la Final de la Copa. Despojarse del clima bélico para que más allá de los finalistas, los locales y turistas puedan tomar como algo a visitar en el mes de noviembre. Fuerza integradora era la otra razón que escribía Alejandro en su cuenta de tuiter. Esa es la fuerza de los grandes eventos. Los protagonistas fortalecen o debilitan una narrativa pero el espectáculo ya está garantizado. El mejor ejemplo es el Super Bowl. No importa quien llegue, la ciudad sabe que facturará millones. Ese es el concepto que se persigue. No obstante, elegir un caso lejano sin contextualizar a la realidad sudamericana podría ser un peor remedio.

Como lo había escrito hace un par de años el gran obstáculo de la final en sede predeterminada es el dinero. Si la Conmebol al direccionar el dinero hacia los clubes, como empezó a hacerlo bajo esta administración, compensa a los finalistas la taquilla que dejan de recibir, se zanja el obstáculo mayor. Hacer la de la Champions sería muy arriesgado, es decir, predeterminar sede antes del inicio del torneo. Es lo ideal para el “branding” pero el riesgo es superior. Lo práctico sería confirmar sede luego de conocer a los finalistas. Un punto intermedio sería barajar opciones –inclusive públicas- desde semifinales con el criterio geográfico. Dejar un tiempo prudencial entre la semifinal y la gran final para preparar la logística. Perderá cierta mística pero adquirirá orden. Y esta Conmebol está dispuesta a dar ese paso, inclusive adelantándose a la Liga Sudamericana de Clubes.

  • Foto por : AFP
   
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