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Medallas con otro sabor

“Michael, tienes todo el dinero que cualquiera a tu edad desearía o necesitaría. Tienes una profunda influencia en todo el mundo. Tienes tiempo libre para hacer lo que quieras. Y así mismo, eres la persona más miserable del mundo. ¿Qué te pasa?”.

Las hirientes palabras son de Bob Bowman, el eterno entrenador de Michael. Michael es Phelps quien sufre un tremendo cuadro depresivo.

El Tiburón de Baltimore había tocado fondo en lo personal. A pesar de la gloria deportiva conseguida en Beijing y ratificada en Londres, el vacío interno se marcaba con escándalos desde fotografías fumando marihuana hasta una nueva detención por conducir ebrio. “No quiero seguir vivo” le escribió a su representante.

El niño Michael practicaba tantos deportes para canalizar la energía que le sobraba y que mezclada con su déficit de atención por hiperactividad lo alejaba de la clase y los amigos. A los 11 años –dos después del divorcio de sus padres que lo afectó mucho- el entrenador Bob Bowman vio algo especial en él. Comentó a los padres que el chico tenía condiciones pero que debía dedicarse de lleno y dejar las otras disciplinas deportivas. Cuatro años después, Phelps de tan solo 15 años empezaba su romance con los Juegos Olímpicos en Sídney.

Su verdadera explosión se dio en el Mundial de Barcelona del 2003. Fue el primer nadador en romper cinco récords mundiales. No obstante, el éxito –como suele ser- lo alejaba de todo y de todos. Los propios compañeros, bastante mayores que él, que aplaudieron el primer título ya miraban de reojo ante el siguiente pensando si su puesto corría peligro para futuras competencias.

Atenas fue la primera prueba para romper el mítico récord de Mark Spitz (siete medallas de oro en Múnich 1972). Se topetó con la realidad en lo que muchos bautizaron en la previa como “la carrera del siglo” terminando tercero detrás del australiano Ian Thorpe –uno de sus ídolos- y el holandés Pieter van der Hoogenband en los 200 metros libres que Phelps había elegido para enfrentarse al Torpedo australiano. Ese bronce, el único individual, eliminó la chance de batir la marca legendaria. Acabó con seis doradas.

En Beijing su rival era la historia y el tiempo. Leyó que Thorpe, ya comentarista, vaticinó que no conseguiría quebrar la marca de Spitz. Cortó la frase del australiano y pegó en su casillero para leerla cada vez que se preparaba. Ocho competencias, ocho medallas de oro. Ocho récords, siete mundiales y uno olímpico. Tampoco fue un paseo, necesitó de los compañeros y de la fortuna como cuando su compañero Jason Lezak superó al favorito francés Alain Bernard en la posta 4x100 o cuando el agua que se metió en sus gafas obligó a nadar a ciegas los últimos 100 metros y aguantó la embestida del húngaro Laszlo Cseh en los 200 mariposa. Ni hablar de la centésima de diferencia invisible a los ojos humanos en su duelo calentado por el serbio Milorad Cavic en los 100 metros mariposa.

“Debió haberse retirado allí”, recuerda Bowman en retrospectiva. Pero la maquinaria era tan grande y Phelps ya se había convertido en un ícono no solamente del deporte norteamericano sino de la misma sociedad. Había que seguir por el fenómeno y los acuerdos firmados. Fue creado un monstruo y no se podía matarlo aunque deportivamente ya se había conseguido la meta. Era como luchar por un sueño, y luego de lograrlo, ¿qué hacer? Todo eso, con apenas 23 años. 14 medallas de oro olímpico y 17 mundiales. Sus medallas superaban su edad.

"Era como luchar por un sueño, y luego de lograrlo, ¿qué hacer? Todo eso, con apenas 23 años. 14 medallas de oro olímpico y 17 mundiales. Sus medallas superaban su edad".

— Daniel Chung

Por esto, sus recuerdos sobre Londres no tienen la misma fuerza que Grecia o China. En el 2009, se filtró la foto de la marihuana. Eso encerró aún más a Phelps. Con la mínima preparación, llegó a Londres y le bastó para coleccionar cuatro medallas más de oro y dos de plata. Tercera ocasión donde finalizaba como el nadador más ganador de los JJOO. Así de grande era el súper atleta. Sin embargo, el ser humano se vaciaba.

Se retiró de la natación. Fue a jugar golf. No obstante, seguía esa energía no canalizada. Alcohol y excesos. Aislamiento. No lo podía encontrar el entrenador. Ni siquiera la madre. Reconciliación, ruptura y vuelta con su pareja de siempre. En setiembre del 2014 lo detuvieron por manejar borracho a una velocidad de 170 kilómetros por hora en una zona donde la máxima es de 70. Su Federación lo suspendió para competir en el Mundial de Kazan, Phelps se metió en un centro de rehabilitación en Arizona. Seis semanas donde se redescubrió. Encontró fuerzas en libros de ayuda y abriéndose ante gente “normal”. Empezó a interesarse por ellos.

Se trataba de un nuevo Michael Phelps. El mismo que tuvo que ocultar su lado humano para ser una máquina de nadar durante más de una década. El que estaba tan compenetrado que ni siquiera se sabía el nombre de algunos sus compañeros en los JJOO del 2004 y 2008. Ahora andaba orgulloso cuando el grupo de terapia le cede un bastón nombrándolo líder del mismo por haber demostrado cualidades positivas. “Lo exhibo con más orgullo que cualquiera de mis medallas”, reconoce el atleta en el predio. Nueve meses después, nació su primer hijo. La vida empezaba a tener sentido. Ser la pareja de Nicole, el papá de Boomer.

Por eso emocionó este Phelps en Río. Porque su motivación fue distinta. Fue más personal a pesar que sus logros eran grandilocuentes. Su legado no pasaba por lo deportivo. Un veterano de 31 años en sus quintos JJOO. Haber conseguido más doradas en lo colectivo que en lo individual también sirve para describir su aventura carioca. Disfrutó de todas las carreras incluyendo la que le arrebató el singapurense Joseph Schooling quien se inspiró en la Bala de Baltimore y su performance en China y le había pedido una foto ocho años atrás. Triple empate con quienes fueron rivales en su carrera para la plata. Cada festejo con la mamá, la novia Nicole Johnson y Boomer. La terapia le ayudó a restablecer comunicación con su papá Fred con quien no hablaba hace más de diez años.

“Estoy listo para retirarme. Para el inicio de algo nuevo en mi vida. Fueron 24 años en el deporte y me alegro que haya terminado de esta forma. La pasé genial”, fueron sus palabras luego de su última medalla, la vigésima tercera dorada y número 28 en general luego de la posta 4x100 combinada. Chicanea Ryan Lochte, amigo y rival, diciendo que estará en Tokio. A la mamá también le agrada. Pero ya está. Más que suficiente para aquel chico quien soñaba participar de Atenas y ganar algunas medallas en más de un evento.

“Jamás pensé que cambiaría. Ahora está feliz” recuerda emocionado Bowden. Phelps dejó de ser el más miserable. Ahora se va feliz.

   
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